Desde siempre la poesía, especialmente la lírica, ha creado diferentes símbolos para reflejar­­ estados de ánimo y sentimientos. Es por ello que las flores suelen acompañar con su presencia un enorme número de poemas en todo el mundo, dada su amplia simbología arraigada en muchas tradiciones literarias. Las flores son metáfora, se convierten en verbo y adjetivo cuando pasan por el alma y la percepción de quienes las observan y permean el espacio y el tiempo de quienes leen sobre ellas. Pueden servir de inspiración para crear elaborados versos con métricas perfectas que se correspondan con los ritmos de la Naturaleza, como ocurría marcadamente en los ambientes cultos y populares de la Edad Media y el Renacimiento, o para crear espacios con auras poéticas que generen maravillosas experiencias estéticas y espirituales.

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En la lengua japonesa la palabra hana, que traduce flor, se usa con mucha frecuencia y con distintos significados. El arte de las flores ikebana está compuesto por dos palabras: Ikeru -dar vida y arreglar- y bana, que en realidad es hana con una variación fonética. La palabra se traduce como un arte que da vida a las flores, haciendo referencia a la búsqueda de la convivencia e interacción entre el hombre y la Naturaleza, donde el ikebanista conoce lo que debe hacer con cada planta que coge en sus manos porque previamente existe una cuidadosa observación y diálogo con ella en el que sus flores mismas indican con su belleza el lugar que quieren ocupar.

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Kayoko Takagi, en su ensayo El concepto de la flor en la literatura japonesa, afirma: “Ikebana se compone de diferentes elementos de igual importancia; a saber, las ramas, las hojas, el agua, el contenedor o el recipiente que se utiliza, pero el elemento que finalmente determina la totalidad del arreglo es, principalmente, la flor. Su forma, su color, su tamaño, su posición dentro de la estructura global del arreglo constituyen el centro de la obra. Por eso mismo, se realiza con mucho esmero el acto de colocar las flores en su sitio”.

 De esta manera podemos inferir que la presencia de las flores en la poesía de diversos lugares del mundo se basa en la comunión del hombre con la naturaleza y de la interiorización espiritual de esta última, donde se funde con los sentimientos. Así pues, es fácil entender por qué un amplio número de flores poseen un significado especial. La rosa, por ejemplo, es una de las flores más evocadas por su belleza, pero también porque es efímera y simboliza la temporalidad de la vida mundana.

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Dependiendo de sus colores, las rosas han cobrado diferentes significados en la historia de la poesía, aunque estos pueden cambiar dependiendo del toque personal que cada poeta inspirado decida expresar. Por ejemplo las rosas rojas tradicionalmente simbolizan el amor o sirven para halagar la belleza de alguien, las rosas blancas simbolizan pureza e inocencia, no necesariamente en un contexto amoroso; las rosas rosadas se utilizan normalmente para agradecer un favor especial o para demostrar afecto simplemente, las rosas amarillas suelen contener un mensaje de alegría y festejo entre amigos mientras que las azules llevan mensajes de confianza y armonía, y las negras de tristeza.

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Así mismo cientas de especies florales se han transformado en símbolos de sentimientos y virtudes humanas, como el jazmín, que simboliza la gracia y la elegancia, o el geranio, que significa la alegría de pasar tiempo con alguien, o el nenúfar, que significa: “tu corazón de hielo no sabe valorar lo mucho que te quiero”, entre otras.

 Por eso, la próxima vez que te encuentres en contacto con la naturaleza y estés rodeado de flores, obsérvalas, porque quizá pueden tener un diálogo que ofrecerte y puedan inspirarte la creación de un poema que conquiste el corazón de quien te gusta o de algún gran poeta que se sorprenda con tus metáforas.

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